En blanco.

Published by Ann under on 02:17

-

Él apoyó su abrigo sobre la silla y se sentó. Miró la hoja en blanco, era todo lo que le había dejado. Una hoja en blanco y un nudo en la garganta.

Recordó sus ojos abiertos, su sonrisa prestada, su pelo enmarañado, sus risas desbocadas, sus dedos manchados, sus brazos inquietos. Quiso sonreír, y un revoltijo en el estómago lo impidió. Quiso esconder la mueca de dolor, de zarpazo, de angustia ajena, pero estaba solo. Y cuando nadie estaba mirando su carne era débil, su cerebro se conectaba y no tenía fuerzas para no gemir.

Revivió aquella tarde caminando despacio por la ciudad despierta, revivió un par de noches anudadas a las luces de una ciudad sin sueño, revivió sus frases hechas y su miedo a ser honesto. Y la anteúltima mirada, llena de humo y agua.

Había algo muerto en la certeza de la rutina, algo pesado en el deber ser. Deber ser fuerte, deber ser lo menos humano posible, programarse para vivir. Las cosas importantes no debían empañarse con retazos de palabras taciturnas y entre dientes. Y quiso ser libre, al menos una noche, quiso acostarse para no caer, pasar la noche entre algunas sábanas calientes que le recuerden que aún estaba vivo, que aún sentía algo, que aún valía el consuelo. Pero seguía anclado a la silla, a la hoja en blanco bajo su mano.

El frío no era sólo afuera, se dijo y temió. Los golpes ya no son los de antes, las heridas duelen menos pero no se cierran más. Detrás de sus ojos el camino hacia la pesadumbre se abría, sinuoso, impecable, sin que él pudiera impedirlo; era como si cada batalla olvidada dejara un surco oscuro en su piel. No quiso mirarse al espejo ni regocijarse del estado oculto en el que se sumergía.

El papel casi tenía esa naturaleza, la misma que tantas madrugadas había absorbido noctámbulo, era como acariciar aquel cuello tibio. Casi quiso abrazarlo, como se abrazan las cosas perdidas. No hubiera servido de nada la clemencia, se reprochó, mientras pensaba en tantos poetas llenos de palabras que él no hubiera sabido decir, que él jamás asumiría delante de la mirada que lo asediaba, por más perdida que ésta estuviera.

Encendió un cigarrillo y aspiró como se aspira una bocanada de desconcierto, cerró los ojos y con el mismo fuego encendió el papel. Ardía ahora en sus manos, como él ardía en aquellas manos negadas, altivas, falaces, lejanas… perdidas. Antes de que el espasmo vertiera su destino, mordió sus labios y sopló las cenizas.

No hizo nada más.





“Yo te recordaba con el alma apretada de esa tristeza que tú me conoces” recité resignada. Debí saberlo. Él jamás había visto que esas cenizas eran un “todavía te espero”, y él las había apagado en el viento.

-

1 comentarios:

Xaj dijo... @ 6 de julio de 2011 00:23

Volviste (oh, volviste)

Y siempre esperamos ese: "te espero". Tan ilusos, somos.

Publicar un comentario en la entrada

 

FEEDJIT Live Traffic Feed