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Mi relación con el Bárbaro es algo extraño. Digamos que yo le grito en esos momentos en que él no está gritando, intento hacerle trenzas en el pelo, mientras él intenta trenzarse conmigo en alguna discusión sobre el huevo y la gallina, o en algún lugar de posición preferentemente cómoda y horizontal.
Creo, honestamente, que ese es el centro de nuestra limitada comunicación, ambos fingimos no escucharnos y por eso gritamos más fuerte. Tal vez, y ahora que lo pienso mejor, todo este espectáculo para sordos sólo se deba a que nunca nos pusimos a analizar si hablamos el mismo idioma.
El Bárbaro tiene de barbarie lo que yo de Albanesa: Nada. Y ya lo veo a diario, con sus ínfulas de superhéroe en vacaciones, de intelectual con gripe aviaria y de pantalones de bailarín de ballet.
Como conocerlo, creo que no lo conocí nunca, creo que jamás lo haré, pero recuerdo la primera vez que nos vimos, allá en Siberia, cuando yo andaba en búsqueda de mis neuronas fugitivas. Me llamó la atención su atuendo poco abrigado, y es que ahora comprendo que el frío que me hizo en Siberia, proviene todo de él, y el clima seco se debe a su mismo temperamento. Mi papel de damisela en peligro (cómo si la búsqueda de neuronas fuera por encargo de Zeus a Hércules) no le llamó para nada la atención y, si bien las encontré, tan a gusto allá que las dejé de vacaciones, él aún sostiene la férrea teoría (férrea: palabra que deriva de la raíz terco y que se entrelaza a punto caramelo con él) de que no las encontré nunca, y a que ahí ando por la vida, con un espacio vacío y grandote adentro de mi cabeza. Como sea, comenzó a mostrarme algunas aldeas, dónde la gente se divertía jugando a dormir temprano y a hacer los deberes antes de que se los den, y, palabra va, palabra viene (¡y cuidado que no amanezca! Porque si me agarra la claridad después no puedo dormir), terminamos por aquí: yo, con menos frío y apunada, y él diciendo siempre alguna palabra larga, de esas que solo saben las personas que leen los diccionarios saben decir.
El tema es que el Bárbaro y yo, según dicen algunas voces que prefieren mantener su identidad en resguardo (más de mi que de él), hacemos un dueto desafinado pero funcional (aquí entre nosotros, el desafinado es él), y vamos por la calle mirándonos con cara de pocos amigos, discutiendo acaloradamente sobre la gallina y el huevo, las propiedades del buen uso del celular y la importancia de que use un escote menos provocativo. A veces deviene en nada, a veces deviene en risas, y a veces no de viene, más bien se va. Dicen también que somos justo lo que debemos ser para no cometer doble homicidio, o sea el a mi y yo a él, y lo comentan como si fuera posible dada la descoordinación galopante que nos envuelve. Creo que escucharíamos aún más cosas que estas gentes dicen si dejáramos de gritar por un rato, no sé, no es una mala propuesta, lástima que uno no está haciendo una encuesta, ergo, las opiniones poco importan.
Tenemos un contrato, convenio entre dos partes que no tiene ni pies ni cabeza, quizás esté escrito en su idioma que a mi no se me ha dado por saber, quizás lo redacté alguna noche yo, muerta de frío en Siberia; la cuestión es que lo único claro es esto: No hay nada claro, pero hay que cumplirlo, y agarrate Catalina! Si no. Por las dudas ambos inventamos algunos tratados pacifistas, para que no se note a la hora de saludar a algún pariente o amigo de la familia, de esos que aparecen justo antes de comer o de discutir un tema privado, tan oportunos y sonrientes para charlar de ¨ qué lindo que está el día! y chicos, no hace calor para tomar café? ¨. Estos contratos pacifistas se resumen en dejar de gritarnos para charlar con el pariente en cuestión, dejando bien claro que no nos molesta su presencia. Está científicamente comprobado que, acto seguido, el tercero en discordia se da a la fuga. El contrato no tiene fecha exacta, así que algún día también discutiremos sobre eso.
Yo creo que alguno de estos días se va a ir a Siberia a buscar un helado y no va a querer volver más, por las dudas, yo llené el freezer con muchos de Dulce de leche granizado (que me gustan a mi) y algunos pocos de Chocolate amargo, esos que come él, no vaya a ser cosa de que me agarre desprevenida. Hombre precavido, vale por 2, dice él, pero a mi con él solo me alcanza y me sobra.
En síntesis, mi relación con el Bárbaro es algo extraño, pero que no se diga que nunca tratamos de explicarla.
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In Memorian, porque ayer te ví, y me acordé lo que nos olvidamos,
Cómo odio que tengas el pelo más lindo que yo!
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